7 de marzo de 2016

Klemperer y Rosenberg (III)


Otra de las rutas que ofrece la comparación entre los Diarios de Rosenberg y los de Klemperer atañe al inconcluso debate acerca del intento de destrucción de los judíos europeos por parte de los nazis no sólo por lo que hace a su comprensión como acontecimiento y, de paso, a la posibilidad de inferir de él principios verificables - o más bien falsables - sobre las dinámicas históricas, sino también a la delimitación de diferentes grados y tipos de responsabilidades "morales" individuales y colectivas.

Setenta años después de la derrota del régimen nazi la explicación acerca de cuándo, cómo y porqué se produjo la empresa de aniquilación de los judíos europeos sigue sumida en la incerteza histórica más allá de las respuestas obvias y vulgares (aunque no impertinentes) acerca del papel desempeñado por prejuicios, demencias varias, nacionalismos, tipos de personalidad autoritaria, etc. El esclarecimiento sería de gran importancia para la Historia como disciplina pues permitiría esbozar hipótesis altamente probables acerca de los procedimientos que deben ponerse en marcha para desatar una masacre bárbara. Algunas de las variables son, afortunadamente, suficientemente conocidas y probadas: los regímenes totalitarios, la falta de libertades, las ideologías nacionalistas o las crisis económicas largas y profundas que socavan las clases medias cuando existen y que ensanchan excesivamente la brecha entre pobres y ricos, parecen ser factores suficientes para provocarla. Pero no necesarios. En este sentido, para enriquecer nuestro conocimiento y, tal vez, al menos anticipar con un alto grado de probabilidad la posibilidad de crímenes colectivos futuros, hallar pruebas que corroborasen la hipótesis intencional (existía una voluntad asesina hacia los judíos desde el inicio del régimen nazi y el exterminio fue planificado sistemática y metódicamente desde las altas jerarquías del partido) o la funcionalista (aunque la ideología nazi era "criminal" la destrucción de los judíos europeos fue un proceso improvisado y fuertemente influido por la evolución de la contienda, que tuvo sus marchas atrás y hacia adelante, que no fue uniforme y que se distribuyó "horizontalmente", sin necesidad de órdenes explícitas y en la que participaron de buen grado centenares de miles de alemanes, letones, lituanos, ucranianos, polacos, rusos, estonios, croatas, húngaros, rumanos, etc.) sigue siendo importante: crucial.

En este sentido, los Diarios de Rosenberg apuntarían a un fortalecimiento de la hipótesis funcionalista. En la "Introducción", los editores - Jürgen Matthäus y Frank Bajohr -, para ilusrar la implicación del departamento de aquél en el exterminio de los judíos del Este, citan una carta de uno de sus subordinados en el Ministerio, el  Reichskommissar para el Ostland (que comprendía más o menos la zona de los actuales países bálticos) Hinrich Lohse. Esta carta, efectivamente, muestra su papel pero también sugiere que la hipótesis intencionalista tiene menos apoyos de los que parece. En octubre de 1941 (la invasión de la Unión Soviética había comenzado el 22 de junio) se suscitó un conflicto entre diversas instancias jurisdiccionales acerca de las ejecuciones de judíos que se estaban produciendo en la ciudad letona de Liepaja. Lohse las prohibió a instancias del Director del Departamento Político del Comisariado "porque la forma en la que se estaban cometiendo no tenía justificación" y escribió al Ministerio: "Le ruego me confirme si su consulta del 31 de octubre ha de ser interpretada como una instrucción para que todos los judíos de Ostland sean liquidados. ¿Debe procederse a la ejecución independientemente de la edad y del sexo, así como de los intereses económicos (por ejemplo, la necesidad que presenta la Wehrmacht de contar con trabajadores especializados en el sector armamentístico)? Evidentemente, limpiar Ostland de judíos es una tarea urgente. No obstante, su cumplimiento debe ir en consonancia con las necesidades de la economía de guerra. Ni en las indicaciones sobre la cuestión judía que se contemplan en la Braune Mappe ni en otros decretos se encuentran por ahora elementos que permitan deducir que existe una instrucción en este sentido". Si el aniquilamiento de los judíos había sido minuciosamente planificado desde tiempo atrás, como sugieren los intencionalistas ¿qué sentido se le puede dar a esta petición de aclaraciones?

Asimismo, en los propios escritos de Rosenberg pueden encontrarse, hasta fechas considerablemente tardías como febrero de 1939, menciones al proyecto de deportar a los judíos europeos a Madagascar en detrimento de la solución representada por una posible evacuación hacia Alaska pues "su duro clima nórdico serían demasiado perjudiciales para los judíos" (p632). El objetivo de la eliminación biológica del judaísmo de Europa todavía no contemplaba, para Rosenberg y en 1939, la aniquilación física directa y premeditada, sistemática, de los individuos sino deportaciones y esterilizaciones. Este matiz no invalida en absoluto la empresa asesina ni diluye menos aun su responsabilidad moral pero introduce una nueva cautela en la aceptación de esa concepción intencionalista que postula la existencia de un plan preestablecido para liquidar a los judíos europeos, en unos casos anterior al estallido de la contienda, en otros desde el mismo momento en que el NSDAP tomó el poder.

De todas formas, aunque estas "pruebas" respaldarían las objeciones al intencionalismo radical, la hipótesis funcionalista todavía no puede proclamar su triunfo. La sospecha de que existieron órdenes verbales de Hitler al respecto continúa apoyada por numerosos testimonios. Y aunque no se haya encontrado hasta el momento ninguna prueba irrefutable y la tesis intencionalista vaya perdiendo fuelle con el paso de los años todavía no puede ser descartada.

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